viernes, 14 de mayo de 2010

Historia Simple por Gustavo Bedrossian

Carla

Capítulo 1: Mario y Carla

Las changas como peón de obras empezaron cuando llegó a Buenos Aires. No era muy hábil que digamos, pero suplía la impericia con bastante de sagacidad. Y fue aprendiendo el oficio. Y remontó vuelo por su cuenta. Un amigo lo recomendó como encargado al consorcio de un edificio. Y lo aceptaron.
Fue allí -donde además tenía una vivienda- que conoció a la Señora Carla, del 4° A.
Lo que más bronca le daba de ella, es que pasaba a su lado sin siquiera mirarlo. Él no podía darse cuenta de que, por muchas razones, en realidad no lo veía. Pasaban las semanas, y los meses, y más rabia le daba la actitud indiferente de ella. Y cuanto más rabia sentía, más le gustaba esa mujer.
Si te agarro –pensaba- ¿sabés como te doy?
Las vueltas de la vida provocaron que un miércoles sonara el timbre a las 11 de la noche, cuando acababa de comenzar el segundo tiempo de Boca-Independiente. Puteando, se levantó de la silla para abrir la puerta y no hace falta ser mentalista para adivinar que era ella, la Señora Carla. Agregamos en shorcito y musculosa. La mina hablaba, y él trataba de enfocar la mirada en algún lugar a mitad de camino entre sus ojos y sus pechos; si era posible, más cerca de los segundos. Cosa que no le era nada fácil. Alcanzó a entender que - al borde de las lágrimas- la Señora le decía que se le estaba inundando el departamento.
Él se calzó las ojotas, y juntos subieron por el ascensor a la casa de ella. Se dio cuenta de que nunca había estado tan cerca de la Señora Carla. Los dos miraban hacia el piso, pero él trataba de abarcar cuanto podía con el rabillo del ojo.
Salieron del ascensor y entraron en el 4º A. Saltearemos a propósito las descripciones técnicas. Baste decir que logró controlar el problema. No obstante, no estaba definitivamente solucionado, ni mucho menos. Le propuso que al día siguiente, temprano, iría a comprar los materiales necesarios y volvería a terminar la reparación.
Prácticamente, no pudo dormir en toda la noche. No se podía sacar de la cabeza a la Señora Carla. Sólo logró caer en un sopor parecido al sueño media hora antes de que sonara el despertador.
Lo más rápido que pudo, fue hasta el negocio y volvió con los materiales. Y se mandó para el 4° A, donde lo recibió, cordial y amable, la Señora Carla.
Empezó a trabajar en la cocina y menos de cinco minutos después, ella le ofreció un cafecito. Al recibir la taza, él tuvo la sensación de que la Señora se detuvo más de lo esperable en el contacto con su mano. Tomó el café y volvió al trabajo, que pasó a requerir que se agachase y metiese la cabeza dentro del bajo-mesada, por debajo de la pileta. Tratando de aflojar una tuerca, se le zafó la llave, que dio contra el costado de la bacha, haciendo que ésta se despegara de la mesada y lo golpeara en la cabeza. La puteada que había empezado a proferir derivó en un grito de dolor. Trató de salir e incorporarse pero, atontado como estaba, volvió a golpearse.
Su bronca y su vergüenza iban en ascenso cuando escuchó: Pobrecito, ¿dónde se golpeó? A ver, venga, déjeme ver. Pero mire el chichón que se ha hecho.
La Señora Carla, al instante, produjo un par de cubitos y se los estaba apoyando sobre el incipiente moretón en la frente. Fue entonces que él le zampó un beso. La Señora no se resistió, pero él, al separar su boca de la de ella, no se animó a abrir los ojos, esperando el tortazo y los alaridos de la señora Carla. Pero no. Notó que ella le estaba sacando frenéticamente la camisa y.... Saltearemos a propósito las descripciones técnicas. Baste decir que todo ocurrió en el piso de la cocina. Que la Señora Carla fue muy tierna. Y que desde ese día, algunas veces lo saluda.

La mirada de Mario


Capítulo 2: Mario y Sara

Sara entró esa noche en el departamento de Mario con el fastidio instalado en su cara. Trataba de mantenerse calma, pero le era difícil. Nunca se había encontrado en una situación así. La desconfianza, los celos, el miedo a equivocarse. Porque en el fondo era un chisme. Nunca pensó que algo así pudiera pasarle con Mario. Su inexperiencia acentuaba el malestar. Ni siquiera podía completar la dolorosa escena que se imaginaba, ya que no conocía a la tal Carla. La señora del 4to B le había hablado de un modo crudo e impreciso.
-Se lo digo para que se cuide, m’hijita. Su Mario es un buen hombre, pero hombre al fin... Y ella... Cuídelo, yo sé lo que le digo.
Así que desde el encuentro con la vecina del 4to B, Sara venía gastando horas de su día en tratar de ponerle rasgos concretos a Carla y a lo que pudiera haber pasado con Mario.
Esa noche, casi no probó bocado y apenas si intercambiaron unas pocas palabras con él. Mario también estaba parco, cosa que ella no sabía si considerar confirmatorio de que algo había pasado.
Él la acompañó hasta su casa, y ella evitó un beso de despedida en la boca.
Al día siguiente, cuando estaba en la plaza, recordó una conversación que había presenciado unos años antes en casa de su prima. Una amiga de ella le contaba que había descubierto que el novio tenía relaciones con otra mujer. Y su prima le había aconsejado qué cosas hacer para recuperar al tipo por la via de la seducción. A decir verdad, su prima tenía unas cuantas campañas hechas y si no se las sabía todas, por lo menos abarcaba un amplio espectro.
Esa noche, Sara volvió a pasar por lo de Mario. En el momento de entrar al edificio la asaltó una oleada de bronca que le subía de pies a cabeza. Acababa de ingresar al pallier y estaba a punto de tocar el timbre de Mario cuando una mujer salió llorando desesperada del ascensor. Le pidió que la ayudase a socorrer a su hija. Entraron juntas en el ascensor y bajaron en el 4to piso. Entraron en el departamento A donde, en uno de los dormitorios, sobre la cama, estaba tendida Carla, rodeada de pastillas desparramadas.
-Intento despertarla, pero no reacciona- le dijo la mujer.
Sara se esforzó por no mirar a Carla a la cara. Sólo atinó a salir de la habitación y marcar el número de Emergencias en el primer teléfono que encontró. Después, volvió al cuarto y, siempre evitando mirar a Carla, se sentó en el borde de la cama junto a su madre.
-No sé qué desear...-balbuceó la mujer. -Es mi hija, pero ya no puedo más. Yo insistí ese día en llevarme a mi nieto a casa. Y él murió a mi lado, al chocar el taxi en el que viajábamos. Al principio creí que mi calvario sería -como me pasa- recordar un millón de veces por día ese momento. Pero después... ver cómo Carla se desbarranca... Dejó a su marido. Se vino a vivir sola acá. Rechaza a sus amigos. No trabaja. Sé que se enreda con tipos...
La interrumpió el timbre del portero eléctrico.
Después de abrir la puerta del departamento para dejar entrar al médico y sus asistentes, Sara salió del 4to A, y del edificio.
Sólo quería caminar. Pensar. Fue al parque, aunque ya había anochecido. Lo que acababa de suceder le permitía conocer una posible mitad de la historia. La que tuvo que ver con Carla, y con su modo desaprensivo de atraer a Mario. Para lo que no había muchas variantes, era para la parte de él. Dolía. Dolía mucho.
Se volvió a acordar de los consejos de su prima. Pero era conciente de que ése, tal cual, no era el camino para ella.
Decidió, en cambio, volver a su casa. No a donde servía, sino a la verdadera.
-¿Qué haría Mario?- se preguntó. Intuyó que su alejamiento podría ser el inicio de un juego estratégico. En el que lo primero que debía saber era cuánto le importaba ella a él.


Capítulo 3: Un día en la vida de Sara

De vuelta en casa. Encontró a sus padres más viejos. Con la que más conversaba -como siempre- era con su madre. Sin embargo, desde su regreso, no paraba de mirar a su padre. Lo observaba todo el tiempo que podía, en silencio. Después de algunos días creyó entender que mientras había estado con Mario, había buscado en él -entre otras cosas- algo que también estuviera en su padre. A veces le había parecido encontrar algo familiar y, sin que se hubiera dado cuenta del por qué, eso la había procurado una sensación de tranquilidad. Pero muchas otras, había sentido que navegaba en aguas totalmente desconocidas, experimentando un vértigo a la vez excitante y aterrador.
Ahora que estaba en casa, la cotidianeidad la absorbía por completo, entre ayudar a su madre, darle una mano a sus hermanas con sus sobrinos, ocuparse de las compras. Por las noches, tardaba en dormirse, pensando que había pasado otro día sin que Mario la hubiese llamado. Por las mañanas, tardaba también en levantarse, aplastada por el primer pensamiento que no era otra cosa que el recuerdo de lo que la había angustiado al dormirse. Además, le costaba tomar la decisión de pasar un día más sin buscar trabajo. ¿Valdría la pena hacerlo? ¿Valdría la pena seguir ilusionándose con que Mario la buscaría?
Pasaban los días, y cada vez veía como más absurda la idea de haberse alejado. Pero también estaba segura de que cualquier otro camino hubiera sido imposible para ella. No sabía luchar por algunas cosas.
Y seguían pasando los días.


Capítulo 4: La changa en la casa de la calle Barzana

El viernes a la noche el tío de Mario lo llamó para ofrecerle una changa en una obra en la que él estaba trabajando desde hacía un tiempo, en una casona de Villa Urquiza. Sería por ese sábado y domingo. Le explicó que los peones que se habían comprometido a ir habían estado faltando por culpa de la gripe (aunque cómo saber si no habían conseguido algo mejor pago) y el trabajo se encontraba muy atrasado. Y Mario aceptó. La plata no le vendría nada mal, y por otro lado, en las últimas semanas, había tenido completamente libres sus sábados y domingos.
Su tío, era su tío, pero sólo le llevaba trece años. Por lo que muchas veces lo había sentido más bien como un hermano mayor. Desde que estaban en Buenos Aires, cada tanto -y en los momentos más inesperados-, tenía lugar entre ellos una conversación después la cual Mario no se sentía igual. Empezaban hablando de trivialidades, de boludeces nos dirían ellos, hasta que se producía el chispazo. Y ese domingo, en la casa de la calle Barzana, sucedió. En el tiempo de descanso, en el jardín, tirados bajo un árbol. El tío siempre tenía -al oír a Mario hablar de sus cosas- la sensación de estar escuchando la historia de su propia vida. Lo observaba pasar por los mismos caminos, y con los mismos sentimientos. Desde ese lugar lo aconsejó. Y ese domingo, casi a medianoche, Mario entraba en la terminal de Retiro, pensando que en unas horas más estaría golpeando la puerta de la casa de Sara.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La piedra y el puente por Pablo Vallejo


"Hola de nuevo", le dije.

"Aquí está", tiendo la carta.

"Puedes leerla ahora, si quieres.


"Querida Bony:

Las semanas me parecieron eternas desde aquel abrazo en el puente. Recuerdo bien el sonido de las aves volando sobre nuestro celeste compartido. Y siempre me haces volver.

Los colores regresan a mi retina cuando me dejo llevar por el derecho camino que recorren los cisnes de cuello negro hasta aquí. Si vieras como está el puente, Bony...nuestra esencia sigue allí, y los cisnes continúan nadando.

La próxima semana me tendrás aquí por esa ración de mi mismo que me sueles dar.


Te extraño,

Tu yo.

Me levanto y retorno al auto a continuar con mi vida, lejos de la que fue, una vez, mi compañera de viaje.


"La Piedra y el Puente".

martes, 13 de abril de 2010

Pascua pulmonar de rosas por Cynthia Grinfeld

La primavera del 2006, lejos de traer sus perfumes y sus glorias, me arrebataba el aliento.
No tenía para comer, ni a donde ir y sentía la desolación universal; se me marchitaba la mirada. A mí que había sido el inventor de los sueños ajenos; esto me pasaba a mí, que teniendo siempre el abanico de palabras a mano lograba refrescarme sin titubear.

Sin embargo, después de aquel día en el bar, me sentí sofocado y ausente por mucho tiempo.
Iba cayendo por un precipicio que me parecía infinito y poco vertiginoso. Me desesperé, porque ella no iba a llegar nunca al encuentro. En el bar, se escuchaba una sonatina de cucharas, tazas, café con televisión y fútbol. Recuerdo que la música de fondo era la transmisión de un partido intrascendente. Jugaban Sport-Vélez de Brasil, contra los Ungidos de Belgrano.
La atmósfera era gris, a pesar del campo verde, más verde aún porque el partido se jugaba bajo una lluvia intensa. Yo estaba enfundado en mi piloto color arena, ni siquiera me lo había quitado. Pensaba en ideas para nuevos libros. De pronto, percibí un flash de noticias no sabiendo si el partido había acabado, o si estábamos en el medio tiempo.
El periodista leía con poco disimulo en el teleprompt, lo que dejaba la idea de una bizquera, que en realidad no era tal. Yo miraba de reojo concentrado en mis nuevas ideas, en el olor de mi café, mi plioto húmedo, el contraste sobre la tela de las gotas impregnadas, y un carnaval de aromas propios de los días de lluvia.
Eran las siete y cuarto de la tarde. El cielo estaba muy cargado.
Como un eco barroco que llegara de otros tiempos, escuché la palabra tren. No supe con certeza de donde venía y seguí avanzando en mi espera, mientras garabateaba una historia.
Es ahí entonces, donde uno desea que el final llegue pronto, pero el tiempo se mueve capciosamente con una lentitud pasmosa que hace que cada inhalación duela hasta los huesos. Ya no veía la hora de verla. Erzebet estaba en camino.
Habíamos hablado por teléfono el día antes; nos habíamos reído y nos dijimos cosas que los amantes hubiesen guardado en secreto.
Pero nosotros las hacíamos públicas, y nada nos importaba más que estrecharnos el uno al otro una vez más.
Había pensado en varias alternativas para acabar con el sufrimiento mientras repasaba una y otra vez los colores de las flores, como si fuera posible una transfusión de esa paleta que me reconciliara con el mundo.
Así, la vida iba por un camino y yo por otro.
Algo hizo, que en medio del bullicio y mientras miraba los árboles de la plaza empapada, un frío helado me corriera por la garganta. Tuve un espasmo y empecé a sudar frío. Mi frente se pobló de gotas más pesadas que las de la lluvia de afuera.
Tambaleé cuando quise pararme. Fui a la barra del bar y de un zarpazo ciego, le arrebaté al mozo el control remoto de la mano. Cómo un autómata poseído comencé a pasar canales.
Me acuerdo de esa catarata de imágenes y sonidos que se producían al paso de mi mano que iba tocando los botones del remoto.
Me detuve en un canal que no recuerdo cual era, pero que decía que el tren de Blaquier, había descarrillado y que ya habían registrado cien muertos.
Erzebet dormía sobre el hombro de Filomena. Se habían sentado en el primer asiento del primer vagón, porque jugaban a que así llegarían a Buenos Aires más rápido que el resto.
Ya han pasado algunos pocos años. Parecieron siglos. He dejado de sufrir tantos dolores. He aprendido a mirar las cicatrices con algo de indulgencia. Me estoy atreviendo a volver al mismo bar, a la misma mesa.
En el lapso de casi cuatro años, un manantial de sucesos fue cambiando la dirección del timón del barco, que a diferencia del Titanic, no llegó a hundirse. El accidente causó muchas más pérdidas.
En ese interín, se fue parte de mi salud, el prestigio, trabajo y familia.
El agotamiento de las lágrimas, produjo arrugas que recorrieron mis días como grandiosas autopistas.
Algunas voces, brillaron como dioses en medio de las noches mentales.
Fue entonces, cuando escuché: “no vale la pena, lo que queda es subir”
Esa fue mi liana. Y sacando fuerzas de los otoños, los veranos y las primaveras que siguieron, comprendí la desnudez de los árboles en invierno. Su desprotección, su desvergonzada manifestación de entereza. Su estoicismo.
Entendí lo que es la esperanza. Primavera.
Una dulce bendición me acompaña últimamente a lo largo de los días, y también de las noches. Puedo ver el sol, y amar a las estrellas y aunque parezca un milagro, ya no me alcanzan los pulmones para tanto aire fresco.
Se trata del amor. El amor profundo que salva a vidas como la mía.
Será que la Pascua, y la muerte – vida camino a la resurrección, me dejan ver las olas del mar tranquilo.
Erzebet, sé que estás conmigo. Dentro muy dentro en mí.
Habiendo encontrado un lugar pequeño en el mundo, vivo apreciando a la hermosura. He vuelto a encontrar su foto. Cierro los ojos y recibo un manto a través de la calidez de su mirada.
El sentido del perder, el sentido del ganar. Ser premiado y ver los pimpollos de rosa del geriátrico de la esquina; detenerse todos los días para ver como van naciendo, respirar profundo, sonreír y seguir andando.
Poder prestar oídos a otros lamentos y conservar la sensibilidad intacta para acompasar otros dolores. Se trata de encontrar uno o varios sentidos a la vida. Admirar una obra de arte y hacer del arte un admirador. Animarse a ver belleza, y dejar testimonio. Es lo que me toca porque soy poeta de alma. Inscribir y tallar testigos que puedan permanecer en el tiempo, más allá de mí.
Por eso, la vedette de la casa, es el portaminas, que en su columna de grafito, va dibujando los secretos de mi resurrección.
Cynthia Grinfeld
3 - IV - 2010

martes, 23 de marzo de 2010

Historias del siglo XXI por Daiana Olivarez

Un día más por Daiana Olivarez

Llegó el 31 que siento. Me parece un día más. Ya no es como aquellas fiestas de antes , aunque no me puedo quejar. Tenía a mis amores al lado, pero las fiestas no se sentían como antes . Un día mas, y después del festejo no había ningún cambio.

Para mi y para mi corazón, las horas se contaban sucediéndose en un día más .
Ya estamos en enero contando las horas para que lleguen mis vacaciones.

Por momentos siento un gran cansancio y a pesar de ello, sigo haciendo las tareas de mis compañeros que se han tomado su descanso; no hago otra cosa que ir marcando los días que pasan, y se hacen un siglo una eternidad.

Llega el gran momento, y no siento ganas de irme desesperada, hay un entusiasmo ausente, que se cuelga de la preocupación por el trabajo que estoy dejando.

En el segundo día proyecto todos los trámites que tenía que hacer.

Corro por toda la ciudad y en una de esas corridas, el carnaval me agarra como si yo fuera un monigote sin escapatoria.

Un día más... perdido.

Recuerdo que fui con tantas ganas, y un señor con camisa hawaiana me dice: "estamos de carnaval!". Me fui muy enojada presa de una fuerte angustia, porque había esperado tanto ese momento ...
Finalmente, me escapo para sacar los pasajes y a mi alrededor veo gente que se va , gente que vuelve , gente pidiendo monedas, gente que no se va , y una ola azul tiñe esas diferencias de la sociedad y me entristece .

El gran día llegó! camperas en mano por el aire frío de los micros; ansiedad de llegar a un lugar nuevo que no conocíamos; ansiedad por recorrer espacios hermosos como los que se mostraban en internet.

Un viaje largo tan largo que nos mirábamos y no sabíamos a que jugar.

Cuando llegué me parecía todo raro. Estábamos lejos del lugar de la casita que alquilamos , cruzamos un río y en la tarde nos saludaba un sol con viento.
Los días pasaron y lo que más me gustó y disfruté fue ver a Zoe, mi pequeña hija, enterrarme los pies en la arena. Pude apreciar sus juegos en la orilla, verla tan grande en esa costade arena, me llenó de orgullo. Marcelo no se metía al mar, pero miraba desde afuera, lo cual me daba mucha gracia.

Así fueron nuestros días de sol y los de lluvia. Reímos. Nos parecía muy gracioso mojarnos y salir corriendo .

Estamos en el momento de volver a casa. Fue loco porque extrañamos nuestra cama ya que dormíamos en un colchón finito. Zoe quería volver a sus juguetes.
Pasó un día más. Al colegio , al trabajo ,volver a empezar; con fiaca con ganas de ver a los compañeros, la nena de ver a sus amigas, así hasta volver a comenzar la rutina de siempre.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Serie Tríos - NOS ATRAVIESA UNA VOZ por Cynthia Grinfeld


NOS ATRAVIESA UNA VOZ

Nos atraviesa una voz, un eco que retumba desde un lugar en donde no se sospecha la
belleza.

Estamos unidos en esta tarde bajo el mismo sol, donde la sombra y el fantasma de
nuestra respiración, se confunde con el aire, con la brisa.

El color nos ha dejado por un momento, y el gris del empedrado, nos sostiene en el
otoño, mientras agonizan los planos del planeta.

Un agujero sobre nuestras cabezas, sin aire sin oxígeno y sin nada, sin ozono ni amor.

Y aquí los tres reunidos, por un desacuerdo del destino.

Estoy parado desde temprano en la mañana. Primero me envolvió la niebla, y el aliento
en el espejo era el reflejo perdido que me consolaba en el desamparo de la esquina.
La cita fallida, y esa no aparición de la criatura soñada. Deseada.

El cielo estaba gris más temprano, y el verde entre los baldosones, se disfrazaba de
musgo, como si un mar de letras borrosas, quisiera dibujar un paisaje de mensajes.

Me quedé todo el tiempo, buscando en el horizonte una huella que me indicara que
estabas en camino.
Traté de olerte y adivinar tu perfume, pero el vacío de presencia, me asfixiaba la
angustia, envuelta en mi pañuelo rojo.

Pensaba en todo lo que te abrazaría, lo que te diría con los besos, y en las mudas
palabras que nunca iba a pronunciar.
Pensaba en las ondas de tu pelo, y en los meses que están pasando.

Son tantas y tantas las formas de medir el tiempo….
Cada minuto que pasó, fue la muerte de una esperanza, fue ver el verde derretido,
cayendo mercurialmente, con cada palpitar en mis sienes.

No me pregunto tantas cosas como antes. La evidencia es clara, como una orquídea que
se retuerce de vergüenza.
Hace frío…mi sobretodo de lana marrón, parece que llorara en la tarde. Los bolsillos, se
han convertido en cofres, en donde guardo algunas fotos, mis manos, y todas las caricias
de adolescencia que se van otra vez como gaviotas.

Esta vereda se hace playa y mi sombra un proyecto de ideal existencia que conversa con
los perros.

Son las dos de la tarde y no me explico, cómo y desde cuando el cielo se ha puesto
celeste, el sol nos cubre desde lo alto atemperando al frío y cortejando con sus luces a
los pálidos recuerdos de la ilusión que tuve de verte.

Yo estoy cada vez más lejos, pero te puedo ver con la vista nublada de mi alma que te
extraña.
Estoy cada vez más viejo, pero todavía sonrío. Me conmueve el concierto que tocaba mi abuelo. El de Max Bruch. Si por un momento yo hubiese podido adivinar tu pena,
hubiese tratado de ser más compasivo.

Los perros me miran, siento que me dicen que no todo está perdido.

Que los días pasan como las estaciones, y entonces… en algún momento voy a volver a
sentir el calor de primavera.
Más atrás la reja blanca, pretende contener mi sombría figura. Inútil. Yo soy libre.
Libre de seguir esperándote, de buscarte en los rostros de la gente que me cruza,
libre de extrañarte y de no comprender.
Tengo la libertad de elegir un perdón que se abrace con los rezos. Y a pesar de todo… tengo un sabor dulce que como gotas de rocío, me otorga la esperanza de pensar que me querés, aunque no nos veamos y no renuncio a la idea de saber que más allá del terrenal desencuentro, nos amamos.

FIN
Cynthia Grinfeld

Serie Tríos - MUNDOS IMPOSIBLES por Cynthia Grinfeld


Mundos imposibles…

¿Cuántas sonrisas habitan cada mundo? Es una cantidad matemática cuyo
resultado se obtiene sumando la cantidad X de circunstancias, multiplicadas
por los tiempos reales e irreales, que elevados a la potencia de un cuadrado
circular, cuyo diámetro es el doble del radio de la circunferencia emocional de
cada ente, da como resultado una sonrisa determinada.

No existe en estas relaciones, la famosa cuestión de género, no hay
discriminación por edad, ni condición existencial, sólo se define por música.
Cada ritmo y cada entonación dada al gutural pronunciamiento del primitivismo, produce en el yo de José una idea fantástica y se sonríe. Como se sonríe la Gioconda… como se sonríen los violines.

Y son tres, como dijera Alberto…hablando de los tres Pablos. También ahora son tres… y son unidimensionales. Los tres, con su peculiar expresión disociada.
Los ojos están siendo visionarios de un mundo, la nariz de otro y la boca de otro… lo mismo las manos y los pelos.

Son mundos imposibles… y se accede a ellos, desde una escala que ha sido inventada por Fauré y que tiene la forma de una sonata.
Los tres simios, los tres monos… los mismos tres multiplicados por infinitas series de tres, que dan a la evolución de José, una idea dibujada, de una mueca que todavía no alcanza a comprender.

José, entiende que desde donde él mira, la vida circula y trepa como una enredadera, dejando jardines circulares de épocas que se cuentan de a tres.
Como tres son las vocales fuertes; las dos “o” de monos que se completan con las dos “i” de simios.

José, saca las cuentas desde su conocimiento inmaduro de la Kabbalah, y justifica su parecer, sonriendo y diciéndose a sí mismo, yo también soy mono.

Desde la vereda de enfrente, el semáforo va cambiando sorprendentemente de luz cada tres minutos, en la tonalidad de Mi Menor.

Cuando por fin José se dispone a encarar al mono mayor, el que se sitúa por supuesto del lado de la comisura diestra, cambia de nuevo el semáforo y el paisaje se vuelve rojo en Re Mayor.
La mona de piel protectora y cálida, le dirige la mirada y lo invita a un beso.
Está dispuesta a desdibujar su sonrisa, por tener un contacto de piel a piel.
José está mareado. Ya no sabe si es la mona la que está del lado derecho o si es su contrincante, el mono. Mira para todos lados y ya no le quedan más expresiones para poner, simplemente busca desesperado una señal que le indique hacia donde debe virar.

La mona lo mira, entorna los ojos, agita los brazos. Es una mona que huele a Mozart y que grita. Pero José se ve deslumbrado por la luz amarilla que vuelve a cambiar en el semáforo, mientras sale la primer estrella a las siete de la tarde.

Cansado con su yo a cuestas, se da por vencido y rechaza el beso prodigioso, que le podía salvar la vida. Se recuesta entumecido sobre su par derecho con quien ya no compite, y despistado queda sumido en un mundo inverosímil, donde la piel es de nylon, la sonrisas son costuras y el amor se ha escapado.

Pobre José… sordo como Beethoven pero sin talento… convertido en muñeco, ya sin hambre ni sueño, viendo las luces del semáforo pasar.

FIN
Cynthia Grinfeld

Serie Tríos - MARISA EN EL PARQUE por Cynthia Grinfeld


MARISA EN EL PARQUE

La veo sentadita, en el banco del parque. Remera fucsia y babucha blanca. Pelo rubio
oscuro, y una mirada que de tanto mirar fijo, ojo abierto con preguntas, parece que está
hipnotizada. Marisa se queda en el parque. No está dispuesta a volver a su casa, sin el
preciado botín que piensa guardar en su mochila.

La he estado viendo día tras día, mientras le doy vueltas una y otra vez al perímetro
del parque, para llegar a las vacaciones con la cintura afinada, el sistema cardiovascular
puesto a cero, los músculos de toda mi anatomía, firmes como los soldaditos de plomo.

Mientras yo me preocupo en contar cuadras y saco estrambóticas cuentas de calorías
perdidas, Marisa desembala un chupetín de colores que se apresta a saborear con
fruición, mientras las agujas del reloj también giran alrededor de la hora, acompañando
las ejercitadas y aeróbicas tardes.

El parque ha quedado precioso después de la tormenta de ayer. El agua ha barrido la
basura y el olor de los pinos, se entremezcla con los canteros de menta. El aire se respira
fresco. Por momentos no parece un parque si no un circo.

En la esquina de Echeverría y Acha, el jacarandá ha decorado al pedregullo de color
ladrillo, con los pétalos que se han caído, dando al paisaje un eco entre azul, lila y
violeta.

Como estoy con la radio, escucho música para animarme a rodear este lugar con mis
pasos, percibiendo el mundo externo como si fuera mudo. Es una relación extraña la
que se produce entre el adentro y el afuera a la hora de las zapatillas. Una suerte de
abstracción física, que impide saber a ciencia cierta que hora del día es.

Puedo observar a Marisa desde todos los ángulos. En este momento alcanzo a ver un cuarto
de su perfil izquierdo y cuando ya termino de escribir esta frase, estoy viendo su
espalda.

No puedo adivinar que pasa, porque de repente ella se para con el chupetín en la boca,
como si quisiera entender algo, y su cuerpo habla con el discurso de un vigía que espera
gritar tierra! Ahora se sienta de nuevo y se hamaca en el banco, moviendo sus pies pero
dando pistas de que no piensa levantarse de nuevo.

Me fijo la hora, son casi las ocho de la noche. Estamos en pleno verano y todavía no
oscurece del todo. Ya he dado unas 12 vueltas y me siento feliz conmigo misma.

Me vuelvo a casa. A la ducha! Imagino el agua, masajeando mi cuerpo cansado y apuro
el paso. Han pasado algunas horas. Mientras me seco el pelo, veo por mi ventana, gente que
corre en la calle.

Luces y sirenas que siguen ululando desde que comenzó a cambiar el paisaje, mientras me bañaba. No entiendo lo que veo y me pregunto ¿qué pasa?
Me quedo en la ventana sin poder despegarme del marco, y como en una coreografía
veo avanzar a Juan, mi vecino, con Marisa en brazos, cruzando la calle.

Carla atraviesa corriendo entre la multitud y los tres se abrazan.
Lloran. La gente los rodea haciendo una ronda y ellos tres quedan en el centro. Luces y
sirenas no se callan. Desde donde estoy, se ve un círculo de gente, con otro círculo en
su interior. Decido bajar y cuando abro la puerta, escucho decir a Marisa : “¡Yo los ví!
eran los tres reyes magos! Uno tenía los ojos azules y el pelo azul, el otro usaba rastas y
el más chiquito un collar de puntitas! ¡Usaban arito los tres! ¡No me quería volver!!
¡¡Quiero ir al parque!!”

Marisa protesta y grita, Carla llora muda y Juan abraza a las dos. Hoy, es 5 de enero.
Seguramente en el matutino de mañana, se leerá: Niña perdida es encontrada sana y
salva en Villa Urquiza. Asegura haber hablado con los tres reyes magos.
Ya estoy de regreso en mi casa. Es la una de la mañana. Pensaba acostarme pero acaba
de llamarme mi jefe. Me pide que vaya a cubrir una nota. Tres nenes, uno de siete años
y otros dos de seis, aseguran haber visto a la Virgen niña, en el parque que se encuentra
entre Acha y Donado en el barrio de Villa Urquiza.

FIN
Cynthia Grinfeld